
Por: Karla Espinoza
Mi celular timbra mientras camino entre un río de gente que en veces me empuja, en veces sonríe; contesto, es mi hermana, no se me olviden sus playeras y dice Gabriela que tampoco el perfume de su novio, pasar al súper y comprar las galletas de chocolate que no conseguimos nunca en Chihuahua y de paso y al fondo la advertencia de mi mamá de llenar el tanque de gasolina en El Paso y checar las llantas antes de regresarme.
Me apresuro a decir que si: playeras, perfume, galletas y gasolina, asiento a todo, “yo les llamo cuando vaya de salida... Nos vemos”. Mi caminar es mecánico, me detengo en las tiendas de siempre, bolsas en la mano derecha, celular en la izquierda y mochila en la espalda; aún así me es difícil sortear un montón de adolescentes despeinados y revoltosos que hablan una mezcla de inglés y español que resulta chocante, pero a la vez comprensible a mis oídos y cuyo empujón me mete en la misma tienda que ellos.
Es una tienda de esas a las que dejamos de ir cuando los años nos hacen entender ese sabio dicho que reza… “De la moda, lo que te acomoda”, sin embargo al fondo me parece ver un rostro familiar; atrás de la ropa interior de calaveritas, en un lado de las pulseras de aluminio y de las bolsas con estoperoles, sus eternos ojos taciturnos me miran con una mezcla de suplicio y orgullo; es imposible no reconocerle con su boina oscura, su barba descuidada y un cabello que parece dibujado en perfección por un imprudente ventarrón de los años sesentas.
Me acerco por el simple capricho de contemplar el rostro del hombre que ha trascendido generaciones entre la adoración y la polémica, el único personaje que derrotó el mítico ego de Fidel y que inspiró a Chico Buarque y a más de medio centenar de biógrafos para contar una historia que atraviesa una heterogénea América Latina y aterriza en una utopía caribeña llamada Cuba con su respectiva e histórica antesala en la Sierra Maestra.
El gusto y la cavilación me dura unos segundos, pues unas manos que no son las mías toman al Comandante Guevara interrumpiendo nuestra silenciosa plática y parte con destino a una caja registradora que valúa su mítica figura en 12 dólares con 99 centavos, ni más ni menos.
De acuerdo a muchos de sus biógrafos, Ernesto Guevara de la Serna nació un 14 de junio de 1928 en Rosario, Argentina y fue sietemesino; su alumbramiento se daría anticipadamente durante un viaje que hicieron sus padres con destino a la capital de aquel sureño país; sin embargo la versión de que su madre alumbró desde el 14 de marzo fue confirmada por ella misma y la razón de haberlo ocultado era simplemente que los padres del Ché –o Teté como le llamaron en la infancia- lo habían concebido antes de su matrimonio.
Desde el inicio la construcción de un mito llamado Ernesto Ché Guevara fue tan descuidada y romántica como aventurada, fiel y violenta; a su paso la existencia del Ché enamoró y maravilló a propios y extraños hasta llegar a su terrible desenlace en esa masacre en la que el gobierno estadounidense hizo gala de su salvajismo cortándole las manos al cadáver que exhibieron a la prensa internacional durante tres días en un árido paraje boliviano.
Murió el hombre y nació una leyenda que puebla recovecos con frases como “dispara cobarde que vas a matar a un hombre” y que se alimenta de los pasajes epistolares que legó a sus hijos y su esposa para después recobrar una fuerza de dimensiones desconocidas en los movimientos estudiantiles que sucedieron coyunturalmente a su muerte.
Miles, tal vez millones de estudiantes acuñaron su imagen en estandartes, copiaron el estilito de la boina revolucionaron e incluso el del fiel habano o el mate que eran habito religioso del guerrillero asmático que ha perdido con los años su condición de hombre, hasta terminar tristemente estampado en una playera de 12.99 en la nación que le persiguió hasta el corazón del Congo Negro para darle muerte un par de años después.
No soy ajena al hechizo dulzón de Guevara, ni ciega su lucha, ni insensible a sus románticos ideales, sin embargo, el pasaje del centro comercial y la playera de Guevara, aunados a que se le otorgue vigencia a sus preceptos, evidencian la triste realidad de la ausencia de liderazgos en una sociedad cada día más globalizada y en un mundo donde habitamos 6 mil 350 millones de personas con necesidades totalmente distintas a las que tenía el mundo en los días de Guevara, cuando la perrita Laika puso la primer pata en la luna.
Me resulta absurdo concebir aún la lucha armada como la única de las opciones para revolucionar a una sociedad, casi tanto como encontrarme la imagen del mayor enemigo de la Unión Americana en el más familiar de sus centros comerciales y cotizado además en divisa extranjera.
Nuestra generación ha crecido inspirándose en héroes y figuras cargadas de gloria, sin duda alguna, sin embargo, es evidente la ausencia de líderes sociales que representen los intereses e inquietudes propios de quienes nacimos después de las represiones militares de los años setentas.
Y es que si aquel suicidio personal al que Fidel orilló al Ché en la sierra boliviana no hubiera ocurrido y confiando que el carismático hombre de la boina hubiera sido tan longevo como es Castro, en estos momentos tendría 80 años, ¿cómo sería Ernesto Guevara?, ¿cuál es el destino de las revoluciones armadas en pleno siglo XXI?, ¿sería igual de distorsionado como es ver a Guevara como un afiche sobre una playera de color verde militar que se vende en dólares?.
Me resulta triste, ofensivo reconocer al comandante en los pechos de adolescentes que no conocen ni su nombre ni su historia, me resulta chocante escuchar hablar de la nueva izquierda mexicana a políticos y políticas que se llenan los bolsillos a costa del erario y podría decir que tal vez me es sardónicamente patético conversar con autodenominados guevaristas que mastican mecánicamente a Marx y Engels mientras juegan con las llaves de su carro deportivo.
Y es que no se trata de sojuzgar las ideologías de los demás, de demeritar los fines y principios de una lucha, pero si de darse cuenta que nuestros adolescentes, nuestros jóvenes viven de ideologías prestadas, tal vez románticas, pero no muy prácticas, y eso, para quienes se han dado el tiempo de leer y conocer que representan los estandartes que tan animosamente han tomado entre sus manos.
El futuro de una nación está en sus generaciones venideras, sus juventudes son semilleros de esperanza y acción de manera cíclica, repetitiva, como en su momento fueron las juventudes revolucionarias si nos retransportamos a nuestro idealístico tema de hoy…
¿Pero qué es de nuestro México? qué de la gran mayoría de nuestros jóvenes que
un día enloquecen con Big Brother y al siguiente con un concurso donde las estrellas son personas con 50 kilos de sobrepeso mientras el World Trade Center se cae a pedazos, en un fin de semana hay más de 15 narcoejecutados y el estado en el que viven es el primero en índice de suicidios y depresión y el segundo en abortos clandestinos y cuarto en mortandad materna…
¿Qué nos corresponde y qué hemos omitido?... ¿Qué rumbo llevamos y qué transformación sufrirá nuestro país con esta ausencia de liderazgos, esta ausencia de valores sin entrarle al lado moralino del asunto?... Veo un panorama tan negro como la conciencia de un soldado vuelto de la guerra…
Finalmente… ¿si viviera, qué diría Guevara de las generaciones que en el 80 aniversario de su natalicio ostentan su rostro en sus pechos y no su hambre de justicia social y un mundo mejor en la cabeza?... Creo que nada, creo que ipsofacto regresaría a la sierra boliviana…
Mi celular timbra mientras camino entre un río de gente que en veces me empuja, en veces sonríe; contesto, es mi hermana, no se me olviden sus playeras y dice Gabriela que tampoco el perfume de su novio, pasar al súper y comprar las galletas de chocolate que no conseguimos nunca en Chihuahua y de paso y al fondo la advertencia de mi mamá de llenar el tanque de gasolina en El Paso y checar las llantas antes de regresarme.
Me apresuro a decir que si: playeras, perfume, galletas y gasolina, asiento a todo, “yo les llamo cuando vaya de salida... Nos vemos”. Mi caminar es mecánico, me detengo en las tiendas de siempre, bolsas en la mano derecha, celular en la izquierda y mochila en la espalda; aún así me es difícil sortear un montón de adolescentes despeinados y revoltosos que hablan una mezcla de inglés y español que resulta chocante, pero a la vez comprensible a mis oídos y cuyo empujón me mete en la misma tienda que ellos.
Es una tienda de esas a las que dejamos de ir cuando los años nos hacen entender ese sabio dicho que reza… “De la moda, lo que te acomoda”, sin embargo al fondo me parece ver un rostro familiar; atrás de la ropa interior de calaveritas, en un lado de las pulseras de aluminio y de las bolsas con estoperoles, sus eternos ojos taciturnos me miran con una mezcla de suplicio y orgullo; es imposible no reconocerle con su boina oscura, su barba descuidada y un cabello que parece dibujado en perfección por un imprudente ventarrón de los años sesentas.
Me acerco por el simple capricho de contemplar el rostro del hombre que ha trascendido generaciones entre la adoración y la polémica, el único personaje que derrotó el mítico ego de Fidel y que inspiró a Chico Buarque y a más de medio centenar de biógrafos para contar una historia que atraviesa una heterogénea América Latina y aterriza en una utopía caribeña llamada Cuba con su respectiva e histórica antesala en la Sierra Maestra.
El gusto y la cavilación me dura unos segundos, pues unas manos que no son las mías toman al Comandante Guevara interrumpiendo nuestra silenciosa plática y parte con destino a una caja registradora que valúa su mítica figura en 12 dólares con 99 centavos, ni más ni menos.
De acuerdo a muchos de sus biógrafos, Ernesto Guevara de la Serna nació un 14 de junio de 1928 en Rosario, Argentina y fue sietemesino; su alumbramiento se daría anticipadamente durante un viaje que hicieron sus padres con destino a la capital de aquel sureño país; sin embargo la versión de que su madre alumbró desde el 14 de marzo fue confirmada por ella misma y la razón de haberlo ocultado era simplemente que los padres del Ché –o Teté como le llamaron en la infancia- lo habían concebido antes de su matrimonio.
Desde el inicio la construcción de un mito llamado Ernesto Ché Guevara fue tan descuidada y romántica como aventurada, fiel y violenta; a su paso la existencia del Ché enamoró y maravilló a propios y extraños hasta llegar a su terrible desenlace en esa masacre en la que el gobierno estadounidense hizo gala de su salvajismo cortándole las manos al cadáver que exhibieron a la prensa internacional durante tres días en un árido paraje boliviano.
Murió el hombre y nació una leyenda que puebla recovecos con frases como “dispara cobarde que vas a matar a un hombre” y que se alimenta de los pasajes epistolares que legó a sus hijos y su esposa para después recobrar una fuerza de dimensiones desconocidas en los movimientos estudiantiles que sucedieron coyunturalmente a su muerte.
Miles, tal vez millones de estudiantes acuñaron su imagen en estandartes, copiaron el estilito de la boina revolucionaron e incluso el del fiel habano o el mate que eran habito religioso del guerrillero asmático que ha perdido con los años su condición de hombre, hasta terminar tristemente estampado en una playera de 12.99 en la nación que le persiguió hasta el corazón del Congo Negro para darle muerte un par de años después.
No soy ajena al hechizo dulzón de Guevara, ni ciega su lucha, ni insensible a sus románticos ideales, sin embargo, el pasaje del centro comercial y la playera de Guevara, aunados a que se le otorgue vigencia a sus preceptos, evidencian la triste realidad de la ausencia de liderazgos en una sociedad cada día más globalizada y en un mundo donde habitamos 6 mil 350 millones de personas con necesidades totalmente distintas a las que tenía el mundo en los días de Guevara, cuando la perrita Laika puso la primer pata en la luna.
Me resulta absurdo concebir aún la lucha armada como la única de las opciones para revolucionar a una sociedad, casi tanto como encontrarme la imagen del mayor enemigo de la Unión Americana en el más familiar de sus centros comerciales y cotizado además en divisa extranjera.
Nuestra generación ha crecido inspirándose en héroes y figuras cargadas de gloria, sin duda alguna, sin embargo, es evidente la ausencia de líderes sociales que representen los intereses e inquietudes propios de quienes nacimos después de las represiones militares de los años setentas.
Y es que si aquel suicidio personal al que Fidel orilló al Ché en la sierra boliviana no hubiera ocurrido y confiando que el carismático hombre de la boina hubiera sido tan longevo como es Castro, en estos momentos tendría 80 años, ¿cómo sería Ernesto Guevara?, ¿cuál es el destino de las revoluciones armadas en pleno siglo XXI?, ¿sería igual de distorsionado como es ver a Guevara como un afiche sobre una playera de color verde militar que se vende en dólares?.
Me resulta triste, ofensivo reconocer al comandante en los pechos de adolescentes que no conocen ni su nombre ni su historia, me resulta chocante escuchar hablar de la nueva izquierda mexicana a políticos y políticas que se llenan los bolsillos a costa del erario y podría decir que tal vez me es sardónicamente patético conversar con autodenominados guevaristas que mastican mecánicamente a Marx y Engels mientras juegan con las llaves de su carro deportivo.
Y es que no se trata de sojuzgar las ideologías de los demás, de demeritar los fines y principios de una lucha, pero si de darse cuenta que nuestros adolescentes, nuestros jóvenes viven de ideologías prestadas, tal vez románticas, pero no muy prácticas, y eso, para quienes se han dado el tiempo de leer y conocer que representan los estandartes que tan animosamente han tomado entre sus manos.
El futuro de una nación está en sus generaciones venideras, sus juventudes son semilleros de esperanza y acción de manera cíclica, repetitiva, como en su momento fueron las juventudes revolucionarias si nos retransportamos a nuestro idealístico tema de hoy…
¿Pero qué es de nuestro México? qué de la gran mayoría de nuestros jóvenes que
un día enloquecen con Big Brother y al siguiente con un concurso donde las estrellas son personas con 50 kilos de sobrepeso mientras el World Trade Center se cae a pedazos, en un fin de semana hay más de 15 narcoejecutados y el estado en el que viven es el primero en índice de suicidios y depresión y el segundo en abortos clandestinos y cuarto en mortandad materna…
¿Qué nos corresponde y qué hemos omitido?... ¿Qué rumbo llevamos y qué transformación sufrirá nuestro país con esta ausencia de liderazgos, esta ausencia de valores sin entrarle al lado moralino del asunto?... Veo un panorama tan negro como la conciencia de un soldado vuelto de la guerra…
Finalmente… ¿si viviera, qué diría Guevara de las generaciones que en el 80 aniversario de su natalicio ostentan su rostro en sus pechos y no su hambre de justicia social y un mundo mejor en la cabeza?... Creo que nada, creo que ipsofacto regresaría a la sierra boliviana…

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